El vivac es una de las actividades en las cuales los
monitores del Centre Júnior Atalaia ponemos más empeño, ganas y trabajo
para que salga lo mejor posible, y lo que es más importante, para que
los chavales aprendan, y en esta concretamente, a disfrutar con la
naturaleza de una forma diferente, integrándose en ella, pasando a
formar parte de la misma. Que mejor forma que esta para que ellos mismos
aprendan a valorar el medio en el que están, y consecuentemente lo
cuiden y respeten.
Este año hemos tenido la suerte de cara, ya que nos encontrábamos en los
Pirineos, un marco incomparable de belleza sin igual que nos abría
multitud de posibilidades a la hora de realizar la travesía, aunque,
paradójicamente, esta fue la primera dificultad con la que nos
enfrentamos los monitores; elegir la mejor ruta teniendo en cuenta todas
las variables. Después de no pocos kilómetros en coche, unos cuantos
2000(es), zumo y frutos secos, horas y horas de discusiones y alguna que
otra carcajada nocturna fruto, posiblemente, de ese viejo Arlequín
bailando en nuestras pupilas; Rafa Benlliure, Rafa Tortosa y un servidor
(Jj) esbozamos lo que unas semanas mas tarde sería el vivac.
La travesía empezó con la ascensión a "Aguas Tuertas", un paraje de una
enorme belleza pero que dada su particular complexión es fácil el
estancamiento de una gran cantidad de nubes (como así ocurrió) haciendo
imposible continuar el camino debido a la falta de visibilidad y a la
incesante lluvia. Dada la situación decidimos que lo más prudente era
traer las tiendas (no sin hacer algún que otro "charleston" con la
furgoneta) y pasar allí la noche, confiando en que al amanecer la cosa
se hubiera enderezado.
Y mas o menos así fue,
así que bien temprano empezaría el que a la postre sería el día más duro
de todos. Comenzamos recorriendo el valle de "Aguas Tuertas" hasta la
falda del puerto que nos conduciría al "Ibón d'Estanes", un inmenso lago
al que, no sin esfuerzo, piernas y numerosas paraditas, llegamos a hora
de comer. Sin mucho tiempo para el "esbarjo", cargamos las pilas y
continuamos el recorrido hasta Canfranc, nuestro destino.
Pero aun nos quedaba camino que recorrer y parajes en
los que adentrarnos, como el bosque de las hayas, un lugar de ensueño en
el cual, a cada paso que das, vas escribiendo tu propio cuento de hadas
haciéndote participe del aura que emana ese lugar.
Justo después de escribir las últimas líneas de
nuestro cuento y refrescarnos un poco arrodillándonos para beber de un
riachuelo, llegamos a Candanchú, una estación de sky que, casualidades
de la vida, albergaba ese día el campeonato de España de montain-bike.
Pero no podíamos recrearnos mucho rato en tal evento, ya que el tiempo
se nos echaba encima y teníamos que llegar a nuestro destino antes de
que anocheciera.
Y por fin llegamos, Canfranc, un lugar donde debido,
primordialmente, a su estación de ferrocarril (donde hicimos noche), el
presente y el pasado se confunden destilando un raro halo de misticismo
que creo nos impregno a todos.
Estamos ya en el último día de vivac, el madrugón es
bastante considerable ya que teníamos que coger un tren para Jaca muy
temprano, y si a eso sumamos el cansancio acumulado que llevábamos ya en
las piernas, este día tenía que ser de relax.
Una vez en Jaca se dejó la mañana libre, que cada uno disfrutara como
quisiera de la multitud de ofertas turísticas que albergaba la ciudad.
Después reagrupación en la piscina, bañito, exhibición de cuerpos
serranos, vegetar a la sombrita... cualquier cosa era lícita.
Por último, y no por ello menos ajetreado, vuelta al
campamento en autobús. Un viaje que a través del incesante movimiento
del vehículo, nos hacía un poco más conscientes de la etapa que habíamos
clausurado y del camino que aun nos quedaba por recorrer, un viaje
transicional entre lo que habíamos vivido fuera del campamento y lo que
todavía nos quedaba por vivir.
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